NO HAY MAL QUE POR ALGO GRATIS NO VENGA

Me despierto a las ocho y desayuno con calma revisando mi correo como cualquier día, sin adivinar que se me acontece una mañana movidita.

Hoy entro a las 10:30 en el cole, por lo que hasta las diez no tengo que coger el coche para salir de casa. Quince minutos antes, duchada, vestida y con el bolso preparado para ir a trabajar, decido bajar a dar un paseo a la perra. A veces lo hago en pijama, pero hoy (por suerte) me ha parecido que la perra podía esperar y he optado por arreglarme antes.

En el momento de salir, dudo un segundo entre coger o no el teléfono y finalmente me decanto por no hacerlo. “Siempre enganchada al móvil”, pienso. Así que únicamente tomo la cinta con las llaves, me la cuelgo al cuello, ato a la perra y salgo a la calle.

Un segundo después de cerrar la puerto, recuerdo haber quitado las llaves de casa de aquel llavero unos días antes, con el objetivo de no cargar también con el lanyard. Lo compruebo y efectivamente sólo llevo la cinta con un bonito llavero colgado por mi cuello.  “Scheisse!” (mierda en contexto alemán).

Se me enciende la bombilla y decido ir a comprobar si aún está el vecino para pedirle la copia que tiene de nuestras llaves. Ahí está su coche. “¡Estoy salvada”, me digo. Pero no, porque al momento recuerdo que nos devolvió las llaves hace unas semana para que se las dejase a unos amigos.

“¿Qué puedo hacer”, me pregunto. Miro en mis bolsillos y descubro dos monedas de 50 céntimos. Mejor que nada és, pero con eso no puedo ni coger el metro. Pero no se me ocurre otra cosa, así que eso hago. Me cuelo en el tren y por supuesto, cuelo también a Picotas.

Allí sentada con mi perra, me debato entre ir al colegio (donde no se puede entrar con perros)  y presentarme allí con ella contando el incidente, o ir a la oficina de Victor a pedirle las llaves y al final opto por la segunda opción. Entre otras cosas, porque trabaja a sólo tres paradas de metro, con lo cuál las posibilidades de que pillen a las dos polizontas se reduce bastante.

Desde la recepción de la oficina intentan localizar a mi novio. Está reunido, de modo que me toca esperar y mientras lo hago, me cruzo con muchos trabajadores de la compañía. Todos van arreglos y yo me pregunto lo que habría ocurrido si me hubiese presentado en aquel imponente edificio de “Mercedes Financial Services” en ropa de ir por casa. Por suerte no es así y me evito el pasar además ese mal trago.

Tras media hora de espera, se me ocurre localizar a otro español, que al no ver a Victor en su sitio, decide robarle las llaves de su mesa y entregármelas. Me apura pedirle también dinero, así que ya con las llaves, vuelvo a meterme en el metro sin pagar y para reducir aún más mis posibilidades de captura, bajo una parada antes para ir paseando.

De nuevo me he librado del control y por consiguiente de la multa. Pero aún así ando pesarosa por mi mala suerte en dirección a casa, ya que se me ha hecho tarde para ir a trabajar y tendré que recuperar las horas otro día.

De pronto me topo con unos muebles abandonados. Y allí, escarbando cual vagabunda, antes sin casa, ahora sin vergüenza, encuentro esta pedazo de foto de Nueva York enmarcada. Desde luego, no hay mal, que por bien no venga.

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¡Que tengáis un buen lunes, tetes!

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